El autito rojo que volvía a casa
Rayito era un autito rojo, chiquito y rapidísimo. Tenía ruedas negras, faros redondos como ojos y una sonrisa en el paragolpes.
Todo el día corría carreras en la pista: brrrum, brrrum, ¡fiuuum! Pasaba las curvas, subía las rampas y saludaba con la bocina: ¡bip, bip!
Pero cuando el cielo se ponía violeta y se prendían las luces de la ciudad, Rayito sabía que era hora de volver a casa.
Entonces andaba despacito, muy despacito. Paraba en el semáforo rojo y esperaba. Saludaba al camión de la basura, que también terminaba su día. Le hacía guiño de luces al colectivo que llevaba gente cansada a su casa.
En el camino, los edificios apagaban sus ventanas una por una, como si cerraran los ojos. La calle se ponía silenciosa. Solo se escuchaba el ronroneo suave de Rayito: rrr, rrr, rrr.
Por fin llegó a su garaje. Entró marcha atrás, bien derechito, apagó el motor y bajó los faros despacito, como párpados.
—Buenas noches, pista. Buenas noches, ciudad —dijo Rayito. Y se durmió soñando con curvas suaves y rectas larguísimas. Mañana habrá más carreras. Ahora, a descansar el motor.
💤 Hasta el más rápido necesita ir despacito para llegar a dormir.
Fin. Buenas noches 🌙
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