El gatito y el ovillo de luna
Michi era un gatito gris con una mancha blanca en la panza. Lo que más le gustaba en el mundo era jugar con ovillos de lana.
Una noche, se subió a la ventana y vio en el cielo una bola redonda, blanca y brillante. —¡Qué ovillo tan grande! —pensó, moviendo la cola.
Saltó al techo, despacito, con sus patitas suaves. Estiró una pata. No llegaba. Se paró en puntas de pie. Tampoco. Subió a la chimenea. ¡Nada! El ovillo seguía allá arriba, lejos.
Una lechuza que miraba desde un árbol se rió bajito. —Michi, esa es la luna. No se puede agarrar. Pero, ¿sabés qué? Ella te puede acompañar.
Michi miró la luna otra vez. Su luz plateada le acariciaba el lomo, calentita y suave. Era como tener un ovillo de luz solo para él.
Entonces Michi se enroscó en el techo, hecho una bolita, igual que un ovillo. La luna lo iluminaba y las estrellas lo miraban.
Y así, dos ovillos redondos, uno en el cielo y uno en el techo, pasaron la noche juntos. Ronroneando. Rrrr… rrrr… rrrr.
Fin. Buenas noches 🌙
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