La nube que no quería llover
Había una vez, allá arriba en el cielo, una nube chiquita y esponjosa llamada Nubi. Era blanca como el algodón y suave como una almohada.
Todas las nubes grandes llovían cuando llegaba el momento. Hacían plic, plic, plic sobre los techos y los árboles. Pero Nubi no quería. —¿Y si mis gotitas son muy chiquitas? ¿Y si nadie las nota? —pensaba, y se escondía detrás de la montaña.
Una tarde, Nubi pasó flotando sobre un jardín. Ahí había una florcita amarilla con las hojas caídas y la cabeza muy, muy cansada. —Tengo tanta sed… —susurró la flor.
Nubi sintió un cosquilleo en la panza. Respiró hondo, cerró los ojos y dejó caer una gotita. Plic. Después otra. Plic, plic. Y después muchas más, bajito, bajito, como una canción de cuna.
La florcita levantó la cabeza, estiró las hojas y abrió sus pétalos. —¡Gracias, nubecita! —dijo, brillando al sol que salía de nuevo.
Esa noche, Nubi se acomodó al lado de la luna, más liviana y más contenta que nunca. Había aprendido que hasta la gotita más chiquita puede hacer algo muy grande.
Y así, meciéndose despacito en el cielo oscuro, Nubi se quedó dormida. Igual que vos, ahora, cerrando los ojitos.
💤 Lo pequeño que damos con cariño puede ser enorme para otro.
Fin. Buenas noches 🌙
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